¿Dónde está esa bombilla que había que reparar?

Creo que ya he comentado que pasé un año trabajando y viviendo en Indonesia, en un proyecto de la Unión Europea. Tengo muy buenos recuerdos de ese año, de las gentes y lugares que conocí, y de lo que significó para mi desarrollo personal y profesional.

Vivíamos en un complejo residencial del sur de Yakarta, y un día se nos fundió una bombilla. Era responsabilidad de la empresa el mantener la vivienda, por lo que llamamos a recepción informando del incidente, y nos respondieron que enviarían a un ingeniero inmediatamente.

No tenía muy claro qué tipo de ingeniero me enviarían, cuando simplemente había que sustituir una bombilla fundida, pero tras unos minutos de espera, mis dudas se disiparon. Llamaron a la puerta, y me encontré con un joven en pantalones de deporte, descalzo y sin camisa, empuñando en una mano un destornillador, y en la otra un martillo, que me preguntó en un muy rudimentario inglés: “¿dónde está esa bombilla que había que reparar?”. Se le notaba en el brillo de sus ojos una mezcla entre voluntarioso, y desconcierto ante el “marrón” al que le habían enviado.

Evidentemente, este “ingeniero”, no era más que un pobre hombre encargado de una tarea para la cual no estaba preparado. Quizá para vosotros os resulte llamativo que alguien tenga problemas para pensar qué tipo de herramientas o procesos hay que utilizar para cambiar una bombilla. Quizá lo entendáis mejor si os cuento que el cometido del proyecto que estaba desarrollando en Indonesia era dotar de suficiente electricidad hidroeléctrica y autónoma a un total de 160 aldeas de Sumatra y Bali, que al menos pudiera alimentar una simple bombilla de 40 vatios por casa. Lo que para nosotros es algo obvio y perfectamente natural, para otras personas es asombroso y mágico.

Este joven no tenía ni tan siquiera los estudios primarios, y posiblemente no había visto bombilla alguna hasta muy recientemente cuando consiguió este trabajo en la capital, tras pasar toda su vida en una remota aldea, donde poco uso podría hacer de semejante artefacto. De repente se encontraba en un trabajo para el que no estaba preparado, y para el que nadie tenía intención de formarle, con todas las probabilidades de fracasar, o incluso encontrarse con una muerte segura por electrocución.

Si miráis hacia atrás en vuestra vida profesional, quizá recordéis algún caso en el que os encontrasteis con la necesidad de reparar una “bombilla”, en sentido figurado, sin tener ni idea de lo que esto suponía, ni del proceso a seguir, ni tan siquiera de las técnicas que era adecuado emplear para resolver el entuerto. Quizá en ese momento, os dio miedo preguntar a vuestro jefe sobre qué recursos deberíais utilizar, y por supuesto resististeis la tentación de declinar el trabajo, alegando falta de conocimientos, por miedo al despido.

Quizá teníais ya un título oficial, por lo que se suponía oficialmente que estabais preparados para cualquier trabajo técnico de vuestra especialidad, pero os moríais de ganas de decirle a vuestro jefe que eso no lo disteis, que esa materia no iba para examen, que era optativa, o que simplemente no tenéis ni idea de lo que están hablando. Pero ¿quién admite que no sabe lo que tiene que hacer? Tu jefe podría ser de aquellos que dicen que “solo contratamos gente enseñada”, por lo que tú no querrías ser el primero que le dice que necesitas más formación.

Durante muchos años de mi vida profesional, me tocó aprender por mi cuenta, comprando libros y revistas, que leía “oblicuamente”, ya que necesitaba encontrar una solución rápida a mis problemas. La Internet es más reciente de lo que muchos pensáis, pero hace más de 20 años que consulto recursos disponibles en línea, accediendo a Compuserve, antes del reinado del World Wide Web, así como a información disponible en BBS técnicos que ofrecían diferentes proveedores de software y hardware. Y todo esta “auto-formación” me tocaba hacerla en horas extras, ya que no había tiempo para nada, y la empresa difícilmente permitía utilizar horas de trabajo para formación.

Unos me llamará apasionado, otros freak, … la realidad es que esta pasión por aprender desembocó en los tan famosos grupos de noticias (newsgroups); y mira que casualidad, te encontrabas con gente que tenía problemas similares a los tuyos, y colaborabas con esos colegas cuya única referencia era un nombre y una dirección de correo electrónico… aún recuerdo el lema de dejanews, que impactó tanto en mí “Share what you learn, learn what you don’t” (Comparte lo que aprendes, aprende lo que no sepas).

Tras muchos proyectos en diferentes países, me encontré con una oferta de una empresa de consultoría y formación de Inglaterra, la cual tenía un aspecto muy interesante: podía disponer del 40% de mi tiempo de trabajo como me pareciera mejor, siempre y cuando lo dedicara a formarme técnicamente. Esto incluía asistir gratuitamente a cualquiera de los cursos que impartían (hasta me pagarían los gastos de viaje y estancia si los cursos se impartían fuera de mi domicilio). No solamente podía contar con este 40% de mi tiempo, sino que no estaba obligado a participar en ninguna actividad facturable a cliente alguno durante los primeros tres meses de mi trabajo con ellos, de modo que me pudiera dedicar a tiempo completo a conseguir la formación que necesitara.

Logré entablar amistad con una de las personas que me entrevistó para este trabajo, y me comentó que de esa larga entrevista de una hora de duración, él ya había tomado una decisión tras los primeros cinco minutos de entrevista. Tenía claro que disfrutaba con la tecnología y con la enseñanza, por lo que disfrutaría  trabajando en esta empresa. Lo que necesitaba era más formación, y eso era algo que ellos podían proporcionar. Dicho de otro modo, aplicó el principio de Tom Peters: “selecciona a los empleados por su actitud, que la formación ya se la podrás impartir luego”.

Lo que no sabía yo entonces era lo mucho que necesitaba esta formación inicial que obtuve con ellos. Cada cosa que aprendía miraba hacia atrás y me daba cuenta de lo productivo que podría haber sido en mis trabajos anteriores si hubiera podido disponer de esta formación. De los errores y burradas que podría haber evitado; de las noches sin dormir que pasé intentando descubrir lo que con un buen curso de formación podría haber resuelto directamente.

Parafraseando un antiguo chiste, podríamos decir que la formación buena es cara… hay otra más barata, pero no es formativa (“la vida buena es cara… hay otra más barata pero esa no es vida”). Sin embargo, solo se puede plantear un plan formativo en función del retorno de la inversión que se obtiene. Por supuesto, este retorno de la inversión no es solamente cuantificable monetariamente. Para algunos, el disponer de la adecuada formación dignifica el poder trabajar en lo que les gusta, o el evitar trabajos penosos, o el poder terminar los trabajos más rápidamente, y así poder dedicar más tiempo a familia, amigos y diversiones.

De un modo u otro, nadie estaría dispuesto al sacrificio económico y de tiempo que supone un curso de formación, si no se espera obtener un beneficio que sobrepase su coste.

Recuerdo el primer curso que impartí en Inglaterra. Tenía ante mí 15 alumnos de importantes empresas de toda Europa, que habían pagado cada uno de ellos unas dos mil libras por una semana de curso. Y yo estaba allí, frente a ellos, preguntándome si estaría a la altura de sus expectativas. Si lograría darles suficiente valor añadido a todos y cada uno de ellos como para compensar el dinero pagado por el curso; el dinero gastado en viajes, hotel y manutención; el tiempo total invertido en el curso, y el coste de oportunidad que este tiempo “perdido” suponía para sus empresas.

Cada vez que empezaba un nuevo curso me hacía la misma pregunta, y cada vez que terminaba la semana me volvía a preguntar si había sido capaz de lograr este objetivo, pero no desde mi punto de vista, sino desde el punto de vista de los profesionales que habían asistido al curso y de sus empresas. Eso me obligaba a analizar qué cosas eran francamente mejorables, y qué cosas no tenían remedio (como mi Spanglish con tintes andaluces).

Un compañero de aquellos tiempos me comentaba amargamente que seguía en el mismo puesto tras muchos años de trabajar en la misma empresa, y veía como algunos recién llegados le adelantaban en la carrera profesional (en cierto modo se refería a mí también). Lo que él no quería reconocer es que la formación es responsabilidad de cada persona, no de la empresa para la que trabaja. Mientras otros devorábamos, en nuestro tiempo libre, cada unidad de información disponible, él se dedicaba a investigar el sabor de las muchas y buenas cervezas que sirven en Londres.

Con los años, he tenido la oportunidad de seguir relacionándome con muchos de aquellos alumnos, encontrándomelos en conferencias, otros cursos, y trabajos de consultoría. Tengo la suerte de que los anglosajones no tienen reparos en elogiar el trabajo ajeno, a diferencia de los hispanos, por lo que sus comentarios me han servido de soporte en aquellos momentos en que el resultado de mis esfuerzos no ha sido el esperado.

Ahora dirijo mi propia empresa, empresa que hemos creado en torno a la transferencia de conocimiento, y me gusta pensar que nuestros mentores sienten el mismo sudor frio al empezar un nuevo curso, o al comenzar un trabajo de mentoría, y que se preguntan críticamente si podrían haber mejorado su trabajo.

Sorprendentemente, soy testigo de que el mercado está cambiando en España, y que más y más empresas son conscientes de la importancia de la formación técnica. Muchas de ellas son capaces de analizar el impacto que esta formación tiene en sus negocios, tanto desde el punto de vista comercial, operativa, o de simple satisfacción interna. Para muchas empresas, un adecuado plan de formación es la garantía de obtener un bajo nivel de reemplazo de personal. Otras empresas aducen una excusa bastante miope: “Es que en cuanto les formo se nos van” y yo me pregunto: ¿por qué se van? ¿Porque han recibido formación o porque las condiciones globales de trabajo en la empresa no son las adecuadas?

Sin embargo, muchos profesionales siguen pensando que la formación es responsabilidad de las empresas, y permiten quedarse estancados profesionalmente con la excusa de que en el trabajo no le pagan cursos de formación. ¡¡DESPIERTA!! Estamos en la sociedad de la información, y si no te pagan cursos presenciales, siempre tienes libros, revistas técnicas, grupos de noticias, y grupos de usuarios. Nunca hemos tenido acceso a más recursos formativos, y aún así algunos profesionales se permiten el lujo de perder su marca diferencial echándoles la culpa a otros.

Cada profesional es plena y exclusivamente responsable de su carrera profesional. NO SIRVEN EXCUSAS. Trabajas en una empresa hoy porque esa es la coyuntura actual. Quizá esta empresa sea el sitio adecuado para tu desarrollo profesional a largo plazo, o quizá no. En todo caso, cada persona debe actuar como si fuera un “freelancer”, aunque esté en nómina, y plantearse su futuro con responsabilidad. Y esto requiere mucha formación, reglada o no, con profesor o sin profesor, pero sin formación no hay progreso ni personal ni global.

Sigo pensando que un curso con profesor es el método más eficiente de conseguir formación adecuada en un tiempo razonable. Sin embargo, esto solo funciona si el curso tiene el temario adecuado, y si el profesor tiene la experiencia, conocimientos, y dotes lectivas adecuadas. Cuando os matriculáis en un curso técnico, ¿Preguntáis quién va a ser el profesor? ¿Por qué no? Este es el dato más importante del curso. Un buen profesor con un mal material de curso puede hacer maravillas, y lograr que el curso sea un éxito. Sin embargo, un mal profesor con el mejor material del mundo, será una absoluta y penosa pérdida de tiempo.

¿A qué se debe esto? A que un profesor, al margen del temario propuesto, debe conocer cuál es el límite de sus alumnos, y qué aplicación práctica le pueden dar a un temario que muchas veces no se ha fijado con total precisión. Una de las primeras preguntas que suelo hacer al iniciar un curso es: ¿habéis leído el temario del curso? Esto es lo que vamos a tratar durante estos días… ¿es esto lo que esperabais? Os puede sorprender lo tontas que pueden ser estas preguntas, pero es el primer síntoma del interés que puede haber despertado el curso en los alumnos.

Y si no puedes permitirte el pagar un curso presencial, busca cualquier otro método para conseguir la formación que necesitas. Tú mandas en tu carrera, te diga lo que te diga tu jefe.

Por cierto, estoy terminando este artículo en un tren que me lleva de Alicante a Madrid. ¿Por qué los trenes no proporcionan conexión de electricidad en los asientos? Los trenes italianos lo hacen y al menos esto nos permite trabajar sin temer que se nos agote la batería del portátil. ¿Y si proporcionaran conexión a Internet? ¿Realmente entienden las necesidades de sus clientes? ¿O es que realmente estoy un poco pirado? ¿Habrán recibido la formación adecuada los que diseñan los nuevos trenes? ¿Estarán esperando a que les pague la formación su jefe? Demasiadas preguntas a estas horas

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Fernando G. Guerrero

Fernando G. Guerrero

President of SolidQ, Non-Executive Director, Digital & Data Strategist, crazy about technology, NBA, movies and music of all kinds. Tom Peters' fan since 1982


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