Qué pena que nuestros padres y nuestras autoridades no dieran suficiente importancia a las marías

Qué pena que nuestros padres y nuestras autoridades no dieran suficiente importancia a las marías

Vaya por delante que no soy un experto en educación en absoluto. He desempeñado labores de formador durante muchos años, pero impartiendo materias técnicas de ingeniería, muy alejadas de la enseñanza básica y fundamental a la que me refiero en este artículo. También quisiera agradecer a los muchos maestros y profesores que, siendo conscientes de las limitaciones del sistema educativo con el que les tocaba lidiar, y a pesar de la indiferencia de padres, alumnos y autoridades, intentan día a día aportar su grano de arena para paliar las deficiencias de este sistema.

Estas líneas son solo fruto de las reflexiones de un padre de familia, hijo de una familia normal, con orígenes humildes por un lado, y de clase media por el otro, miembro de la segunda generación que pudo tener algunos estudios (sólo 2 de los 22 hijos, incluyendo nueras y yernos, de mis abuelos consiguieron un título universitario, pero ni ellos ni sus padres ni abuelos lograron terminar los estudios primarios)

España era un país de analfabetos hasta hace unas pocas décadas

Hasta hace solo unas pocas décadas, solo un pequeño porcentaje de la población española había tenido la oportunidad de estudiar. No me estoy refiriendo a estudiar una carrera universitaria, sino simplemente haber tenido la oportunidad de haber pasado suficiente tiempo en la escuela para aprender lo esencial. En mucho casos, el limitante no era la disponibilidad de una escuela local donde estudiar lo básico, sino la urgencia familiar de ponerse a trabajar cuanto antes para poder subsistir en tiempos muy difíciles.

En esos tiempos, nuestros mayores eran personas cabales, que suplían con un gran sentido de honradez y ética su falta de educación formal. Sus padres se esforzaron en enseñarles los valores más fundamentales, el valor del esfuerzo, el respeto a los demás, la satisfacción de hacer un buen trabajo, de generación en generación, enseñando con el ejemplo, más que con palabras y libros, sin ser demasiado conscientes de la sabiduría que transmitían a sus hijos.

Para muchos varones adultos, tan recientemente como en la época de la transición democrática, el servicio militar suponía la posibilidad de aprender a leer y escribir. Yo mismo recuerdo a mi abuela aprender a leer y escribir, cuando yo ya tenía 10 años y me estaba preparando para el examen de ingreso al bachiller de entonces.

No podemos culpar a nuestros padres por un error fundamental, que una o dos generaciones cometieron, sin darse cuenta de sus implicaciones a largo plazo en toda nuestra sociedad. Nuestros padres quedaron de pronto encandilados ante la asombrosa posibilidad de que sus hijos pudieran conseguir la educación que ellos ni siquiera se atrevieron a soñar, y pensaron que esa posibilidad justificaría que trabajaran las 24 horas del día para lograr que sus hijos consiguiéramos todo lo que ellos nunca lograron.

Lo que no vieron es que en la escuela les impartirían fundamentalmente contenidos académicos, matemáticas, física, lengua, historia, por ejemplo, pero con un enfoque marcadamente memorístico, y que sería muy difícil que la educación en valores pudiera atravesar las barreras de unos programas educativos diseñados para transferir elementos de conocimiento, pero no actitudes fundamentales ante la vida. Por otro lado, el poder ofrecer a sus hijos esta educación, obligó a los padres en muchos casos a pluri-emplearse, no dejándoles suficiente tiempo que dedicar a sus hijos para poder complementar lo que aprendían en la escuela. Los niños dejaron de colaborar en el trabajo de los padres, dejaron de ser aprendices de sus talleres, granjas y tierras, dejaron de aprender, por ósmosis diaria, esos cruciales valores que sus padres habían recibido de las generaciones anteriores.

En una generación, pasamos de niños trabajadores (desde edades tempranas) sin acceso a una educación formal, a niños príncipes, a quienes todo se daba, sin exigirles ninguna contraprestación a cambio. Las madres, trabajadoras fuera de casa o no, se encargaban de cubrir todas sus necesidades en casa, mientras los padres (padre y madre) trabajaban sin descanso para que a sus hijos no les faltara de nada. Los hijos bastante tenían con ir a clase todos los días, hacer las tareas escolares que se les pidieran, y divertirse con sus amigos el resto del tiempo.

El desprecio generalizado a las “marías”

En esas circunstancias, se catalogaron como ”marías” todas aquellas materias escolares que no eran puramente académicas, que no necesitaban empollar largas horas para poder aprobarlas, y que no parecían tener demasiada importancia porque, aparentemente, algunas personas sin una educación formal conocida habían logrado triunfar en dichas materias. Todos conocían a ese vecino que sin haber ido a la escuela tocaba la guitarra como los ángeles, o a ese rapaz que sin haber pisado la escuela triunfaba como boxeador o futbolista.

Los profesores de educación física (aunque le llamábamos gimnasia a secas) no podían lograr de nadie la suficiente valoración de su trabajo, y la gran mayoría de los alumnos conseguía un aprobado general, para satisfacción de los padres, quienes no veían justificado que sus hijos perdieran el tiempo jugando a la pelota en vez de estudiar matemáticas. Nosotros mientras tanto perdimos la oportunidad de aprender a sacrificarnos para lograr mejorar día a día, en algo objetivamente medible, para coordinar nuestras capacidades con las de otros, logrando un trabajo en equipo que tan importante sería para todos más adelante en el mundo laboral; la realidad de que nada se consigue sin esfuerzo, y que todo éxito requiere sacrificios.

La música se enseñaba como una materia memorística más, aprendiendo autores y obras, y no la disciplina de emplear mucho tiempo y esfuerzo en aprender a tocar un instrumento, a coordinar los esfuerzos con otros miembros de un grupo musical, logrando que el todo fuera más impactante que cada uno de los solistas individualmente; o en poder apreciar la belleza en las composiciones musicales; o en apreciar la armonía de diferentes instrumentos sonando como un todo. Sin una dedicación suficiente a esta materia, perdimos una oportunidad clave para aprender valores esenciales como el esfuerzo, el sacrificio, la dedicación necesaria para conseguir metas, pasando a través de etapas penosas y aburridas para conseguir disfrutar de lo conseguido, el placer de un trabajo bien hecho, el orgullo de sentirse miembro de un grupo que logra éxitos juntos, además de un sensibilidad artística que tan importante es para nuestra felicidad.

Nos robaron la oportunidad de dominar nuestro propio idioma

Por otro lado, materias tan importantes como la literatura (o incluso la filosofía) se convertían en una asignatura memorística en la que nos limitábamos a saber quién escribió qué, sin analizar ni debatir sobre la belleza de los diferentes estilos literarios, la increíble posibilidad de utilizar el lenguaje hablado y escrito para trasmitir sensaciones, emociones, valores y principios, aún controvertidos. Convertimos la enseñanza de la lengua en el estudio de la mecánica del idioma, formando a nuestros niños en expertos en formas verbales y estructuras gramaticales, pero incapaces de articular palabra meramente inteligiblemente, perdidos a la hora de defender y debatir sobre sus convicciones, incapacitados, en resumen, para utilizar su idioma de un modo efectivo en los momentos en que más lo necesitan.

Y si el aprendizaje de la lengua española era claramente erróneo, el de los idiomas extranjeros lo era más aun. Parece que nadie entendió en aquellos años que el objetivo del aprendizaje de cualquier idioma debe ser principalmente el de ganar la habilidad de comunicarse con personas de otros países que podrían no hablar nuestro idioma. De nada sirve aprender los verbos, la gramática y el vocabulario, si cuando llega el momento no somos capaces de comunicarnos. Han pasado más de cuarenta años desde mi primera clase de francés en la escuela, pero no veo que el sistema haya mejorado sustancialmente.

Tengo que confesar que tuve mucha suerte. Mis padres decidieron invertir en nuestra formación, en vez de otros gastos familiares y, a pesar de ser seis hijos, nos llevaron a aquellos colegios que entendieron que eran los más adecuados para nosotros en cada momento (a veces escuelas privadas y otras veces públicas, pero siempre intentando que fueran lo más adecuado para nosotros). Mi etapa en el colegio salesiano de Úbeda me permitió aprender muchos de esos valores que el sistema no aportaba, gracias al buen hacer de un equipo de profesores que entendía que las materias a estudiar eran solo parte de la educación. No recuerdo gran cosa de las asignaturas que aprendí en esos años (aunque mis hijas se asombran de que recuerde más que ellas, que lo tienen más reciente), pero aprendí a hablar y presentar en público, a escribir mis ideas, a trabajar con los demás y organizar equipos de trabajo que creíamos auto-gestionar al 100% a los 14 años. Aprendí el placer de conseguir logros a través del esfuerzo; a cuestionar cualquier idea no suficientemente documentada, pero también a respetar las opiniones de los demás; aprendí que las normas hay que respetarlas, mientras estén en vigor (te puedan pillar o no), y que hay que luchar por cambiar las que sean injustas.

Sólo recibí una hora de clase de música en la escuela

Sin embargo, mi educación musical en el cole fue un completo desastre (solo llegué a tener una hora de música formal en toda la educación primaria y bachiller), la educación física dejaba mucho que desear (básicamente solo nos limitábamos a jugar a algunos deportes de un modo muy desorganizado), y la enseñanza de la literatura hubiera sido un desastre también, si no hubiera sido porque desde los 5 años mi padre se impuso como obligación regalarme libros de lectura en cada oportunidad. Tal fue su dedicación a este tema, que llegué a tener más de 300 libros antes de cumplir los 14 años, muchos de los cuales leí muchas veces. Pero como mi padre solo tiene 19 años más que yo, también me transmitió el gusto por los tebeos (les terminamos llamando comics más adelante). La enseñanza de idiomas hubiera sido un desastre también, si no hubiera sido por un profesor que se empeñó en que teníamos que saber hablar en francés.

Curiosamente, a pesar de ser un centro dirigido por religiosos (salesianos), no me sentí adoctrinado ni atrapado por ninguna ideología en particular, ni tan siquiera religiosa. Como todos, no siempre fui capaz de aprovechar los valores que me transmitieron, ni fui capaz de entender por completo la oportunidad que me brindaron. Ha sido necesario que vaya envejeciendo para que los años me hayan ido mostrando el valor de lo recibido aquellos años, así como las oportunidades que perdí por no haberlo apreciado a tiempo.

Al mismo tiempo, nos reíamos con desprecio de otras culturas en las que se daba beca de estudios universitarios a alumnos con dotes especiales como deportistas o músicos.

Cuando llegué a la universidad, en el 1976, la gimnasia era aun asignatura obligatoria para algunas promociones (no para la mía), aunque permitían aprobarla simplemente apuntándose a un deporte. Terminé siendo el capitán de un equipo de baloncesto universitario de la liga B universitaria de Valencia. De la calidad deportiva de nuestro equipo, y de esa liga, sirva como ejemplo que el primer partido de liga perdimos por 8 a 12 (en un partido de baloncesto que me perdí por estar en cama con fiebre, y no es excusa).

El campo universitario tenía capacidad para tantos espectadores como quisieran aguantar de pie junto a la pista, ya que no había gradas de ningún tipo. Ni había entrenamientos formales, ni entrenadores, ni espectadores que nos vieran jugar (ni en nuestra segunda división ni en la primera). Y nuestros padres no veían con buenos ojos que perdiéramos el tiempo jugando a la pelota, en vez de estudiar álgebra.

¿Por qué no se aprende lengua en las escuelas de ingeniería?

Y si durante el bachiller no se dio suficiente importancia al aprendizaje del lenguaje como herramienta vital para comunicarse con los demás, en la universidad simplemente se eliminó del currículum, produciendo ingenieros que no sabemos escribir, ni presentar nuestros proyectos en público, ni debatir y defender nuestros planteamientos afectivamente. Muchos hemos ido aprendiendo estas habilidades, con mejor o peor fortuna, a lo largo de nuestra vida profesional, a base de palos (que la letra con sangre entra, como decían nuestros mayores).

Cuanto más mayor me hago, y a pesar de mi formación claramente técnica, más de letras me vuelvo. Cuanto más evidentes son mis canas, más valoro aquellos que han dedicado considerable tiempo y sacrificios a materias no suficientemente apreciadas en el pasado (la música, el deporte, la pintura, la poesía). Cuantos más años de trabajo acumulo, más aprecio aquellas materias que nunca estudié formalmente, y de las que me gustaría aprender más, como sicología, sociología y filosofía.

En estas líneas planteo un problema, pero ninguna solución. Soy consciente de que tenemos que cambiar poco a poco, y que son necesarias muchas generaciones para lograr cambiar, que los planes educativos dejen de cambiar siguiendo un péndulo que no parece lograr el equilibrio, y que los padres empecemos a apreciar el valor de la educación en valores, y no solamente a controlar las notas de nuestros hijos con criterios estadísticos.

Cuando pienso en los logros de mis hijas, pienso primero en si son felices o no; si son capaces de valorar lo que está bien y lo que está mal; si son capaces de luchar por lo que merece la pena; si son respetuosas con los demás; incluyendo a los que piensan de modo distinto a ellas; si son capaces de fijarse metas utópicas y luchar y sacrificarse para alcanzarlas; si aprecian el valor de los demás y la satisfacción de lograr metas juntos; si serán capaces de defenderse en la vida, como ciudadanos útiles e independientes. También me alegro de las notas que sacan, pero eso son solo medidas estadísticas, y todos sabemos lo que son las estadísticas.

Estas son las cosas que pasan por tomarme unos días de vacaciones, que mi mente divaga sobre temas que normalmente no tengo tiempo de analizar.

Feliz verano (o lo que queda de él) para todos.

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Fernando G. Guerrero

Fernando G. Guerrero

President of SolidQ, Non-Executive Director, Digital & Data Strategist, crazy about technology, NBA, movies and music of all kinds. Tom Peters' fan since 1982



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5 comments

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  1. Dani
    Dani 15 August, 2012, 18:34

    ¡Excelente!. (¿Para que decir más?)

  2. Mary Arcia
    Mary Arcia 16 August, 2012, 10:17

    Hola Fernando, Que buen tema! Es el segundo o tercer artículo que leo de su autoría que me llega profundamente y me lleno de empatía con lo que dice.Ciertamente, aunque mi generación es muy posterior a la suya (no digamos “muy muy” porque tampoco soy una chiquilla) si considero, ahora apoyándome en su reflexión, con los años que me ha dado la vida y con la recurrente nostalgia por aquellos tiempos en los que quisieras volver atrás para disfrutar todo lo que en aquel momento la inexperiencia no me dejó hacer, convencida con el paso del tiempo que la mayoría de las cosas que nos enseñaban en clases estaba todo bajo el patrón de “no pensar”, de plasmar en la memoria todo lo escrito como si fuese una verdad anulando cualquier oportunidad de analizar y criticar, sino solo repetirlo. Si fui testigo muchas veces de ello y testigo de como generaciones posteriores a la mía, la de mis hermanos (soy la hermana mayor de 6) les pasaban por encima a esa manera de aprender, porque lejos de crear seres pensantes, con conocimiento profundo de lo que estudiaban al menos, creaban robots o autómatas programables que a la vuelta de la esquina olvidaban todo lo aprendido (memorizado) pues en un medio con una tecnología cada vez más galopante, fácilmente podían burlarse de ella, encontrando otros métodos donde con el mínimo esfuerzo podian reproducir en forma exacta lo dado en clases, sin investigar, lo que lo hacía mas desorientado y disperso aún el aprendizaje: las conocidas enciclopedias multimedia, donde con solo copy-paste ya presentaban el trabajo en clases, el famoso reproductor, el mismo teléfono en clase,mientras yo, en mis tiempos, leia y leia libros en diferentes bibbliotecas para sacar mi resumen y presentar mi conclusión. Cierto, era un patrón, pero al menos, tuve la oportunidad (o la suerte, como la suya) de que algunos profesores me dejaban “pensar” y “analizar” y así yo misma (en mi curiosidad interna, ir formandome),pero cuanto añoro haber tenido solo “algunos” profesores y no “todos” los preofesores, que con ese sistema lo que han hecho es hacernos esclavos de lo que hacemos hoy: una sociedad consumista e inhábil de pensar. Cierto que este sistema lo fue y no sigue siendo el mejor, pero tambien es cierto que el que ha venido después con todos los avances de la tecnología no lo han sabido aprovechar o incorporar. Creo que definitivamente es una cuestión de valores, hacia el esfuerzo, hacia el logrro, ni hablar de todo aquello que con razón dice: el trabajo en equipo y las aptitudes artisticas que seguro nos hiciesen mas felices. Gracias por escribir su artículo, me sentí plenamente identificada!. Mary Arcia.-

  3. Eugenio Serrano
    Eugenio Serrano 16 August, 2012, 19:16

    Hola Fernando, justo estoy leyendo un libro de Carl Sagan, “El mundo y sus demonios”, donde cita a un malhumorado platon, en el libro VII de “Las Leyes” que dice lo siguiente… “El hombre que no pudiera discernir el uno ni el dos ni el tres ni en general los pares y los impares, o el que no supiera nada de contar, o quien no fuera capaz de medir el dia y la noche o careciera de experiencia acerca de las revoluciones de la luna o del sol o de los demas astros…. Lo que hay que decir que es menester que aprendan los hombre libres en cada materia es todo aquello que aprende en Egipto junto con las letras la inumerable grey de los niños. En primer lugar, por lo que toca al cálculo, se han inventado unos sencillos precedimientos para que los niños aprendan jugando y a gusto… Yo… cuando en tiempos me entere tardiamente de lo que nos ocurre en relacion a ello, me quede muy impresionado, y entonces me parecio que aquello no era cosa humana, sino propia mas bien de bestias porcinas, y senti verguenza no solo por mi mismo, sino en nombre de los helenos todos” Como puedes ver, ya platón se quejaba de los metodo educativos… Un abrazo y muy buenas reflexiones 🙂

  4. JOSE A JUAN
    JOSE A JUAN 19 August, 2012, 10:27

    Muy buen artículo, Fernando, yo tampoco tuve “marías“ como tú, y hace un tiempo que compré una guitarra para aprender a tocarla, ¿cuánto no hubiera ligado a los 16 años si hubiese sabido tocarla?. Pero no perdido la esperanza de poder tocar aunque sea un par de canciones para animar las reuniones con amigos…. Bien aparte de estas nostalgias cincuentonas, creo que es muy interesante tu artículo, que reflejas un sistema educativo nacido de la autocracia y unos valores nacional católicos, que veía con recelo que la gente aprendiera a pensar, porque entonces podría acabarse el sistema que tenían establecido. Lo penoso es que tras la llegada de la democracia, cada ministro o partido que pasa por el Ministerio de Educación, hace su reforma educativa con criterios puramente políticos, sin escuchar a los verdaderamente implicados en la educación como son profesores, padres, alumnos, etc. y sin incidir en el núcleo del problema, es decir, en una educación más empírica, donde se enseñe el cómo aprender y cómo investigar y aprovechar las herramientas tecnológicas que tenemos a nuestro alcance. Bueno creo que daría para toda una tarde de tertulia de amigos, alrededor de un café, etc. Espero que podamos hacerlo pronto….. FELIZ VERANO.

  5. myspace.com
    myspace.com 27 July, 2016, 10:10

    Los profesores son expertos en impartir el método Vaughan y hacen singular énfasis
    en la corrección de los fallos y en la reiteración de una estructura gramatical
    hasta que se interioriza.

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