No cruces en rojo, que hay niños mirando

No cruces en rojo, que hay niños mirando

Como ya he comentado en alguna ocasión, viví durante cuatro años en Inglaterra, en una preciosa ciudad de los Cotswolds, llamada Cheltenham.

Durante esos cuatro años sufrí el horrible clima inglés, mayormente la práctica imposibilidad de ver el sol, pero, por otro lado, los ingleses me enseñaron mucho sobre civismo, en muchos sentidos.

Los ingleses no son hooligans

Para un español medio, acostumbrado a criticar a los hooligans que vienen a emborracharse y montar gresca, poniendo un partido de fútbol como excusa, podría parecer increíble que los ingleses me hayan enseñado civismo, pero así es. En esos cuatro años me dieron lecciones como relámpagos, que me atravesaron de la cabeza a los pies, que primero me avergonzaron, pero que luego me generaron un sentimiento de profundo agradecimiento por la lección aprendida.

Algunas de estas lecciones aparecieron en momentos inesperados. Una de ellas es la que da titulo a este artículo.

Andaba por la calle con un buen amigo y, tras mirar a derecha e izquierda (¿o fue de izquierda a derecha?) y ver que no venían coches por la calle, me dispuse a cruzar sin hacer caso al semáforo rojo para los peatones.

Mi amigo me agarró por el brazo, y con gesto de disgusto me dijo más o menos que cómo se me ocurría cruzar con el semáforo en rojo, y encima habiendo niños delante.

La verdad es que me pilló por sorpresa. Ni de casualidad se me hubiera pasado por la imaginación esa observación. Para mí era evidente que si no venían coches, podía cruzar la calle sin ningún peligro, estuviera el semáforo verde, rojo o multicolor. Pero la verdad es que había un semáforo en ese lugar, que regía cuándo los peatones podíamos o no pasar, y yo estaba dispuesto a desobedecer sus dictámenes. Y, para mayor gravedad, había niños observando, que podrían tomar mi falta de urbanidad como un pésimo, y potencialmente peligroso, ejemplo para ellos.

Jaywalkers

An attractive fashionable woman jaywalking late in the day on the busy Broadway Avenue.

Los ingleses hasta tienen un despectivo nombre para quienes cruzan la calle despreocupadamente o por sitios inadecuados. Les llaman “jaywalkers”, y todos les miran despectivamente cuando les ven “jaywalking”

Pero volvamos al fondo de la cuestión. En algún momento de la historia, entendimos que cruzar la calle podría ser peligroso, y decidimos dotarnos de pasos de peatones, debidamente señalizados, y de semáforos. Establecimos normas muy específicas sobre su utilización, y nos aseguramos de que los conductores las conocían, para poder obtener sus permisos de conducir, y que nuestros niños las aprendían en la escuela. De hecho, en Inglaterra, con semáforo o sin él, los vehículos respetan escrupulosamente los pasos de peatones, bajo pena de severas multas.

Y hete aquí que este español inmigrante, ni corto ni perezoso, se disponía a despreciar estas normas alegremente para, no solamente ponerse potencialmente en peligro, sino que le estaría diciendo con sus actos a los niños que le observan, que es válido saltarse las normas si así nos parece adecuado.

No cruces en rojo. Punto

Con niños mirando o sin nadie alrededor. Porque la única forma de que una norma sea eficaz es que no sea ambigua. “Si hay una señal de STOP debes parar”. Punto. No debe haber excusas. “Si no venía nadie…”, “si este cruce me lo conozco muy bien…”, “si esa moto que venía por la izquierda venía casi parada…”. Veo la señal de STOP y me paro. Así debe ser.

Es una gimnasia mental de respeto a las normas, que hay que desarrollar desde bien pequeños, de modo que nuestra actitud frente a ellas se vuelva natural, y nos repugne incumplirlas.

Lo mismo ocurre con los pasos de peatones y sus semáforos. Si hay un paso de peatones, ese debe ser el único lugar por el que debo cruzar la calle, me venga cómodo o incómodo. Y si el semáforo está en rojo para los peatones, espero, en la acera, vengan o no vengan coches. Punto. Sin excusas, sin excepciones, sin interpretaciones personales. Y que los niños tengan claro que sus mayores respetamos estas normas claramente, sin excepciones, sin ambigüedades, sin interpretaciones personales.

El cumplimiento de las normas como fuente de riqueza a largo plazo

Porque más adelante les tocará cumplir con normas más dolorosas, como pagar impuestos, o ir al trabajo todos los días, o gestionar responsablemente las finanzas familiares, o hacer lo correcto aunque les perjudique personalmente, y para entonces deberían estar acostumbrados a esa gimnasia continua de respetar esas normas que todos nos hemos dado, grandes y pequeñas, y que hacen que la convivencia sea más sencilla y justa para todos.

Otro problema completamente distinto es si una determinada norma es justa o no, en cuyo caso podremos intentar lo posible por cambiarla, consiguiendo que se publicara una norma más justa que la reemplazara. Pero mientras dicha norma esté en vigor, debemos observarla, sin excusas y sin interpretaciones personales. Quizá estos comentarios nos parezcan muy extraños, para nuestra mente latina, pero como dijo hace unos meses el profesor Higinio Marín en una presentación en Alicante, “los países ricos lo son principalmente por que sus ciudadanos llevan muchas generaciones cumpliendo las normas”. Estoy plenamente de acuerdo con este comentario.

 

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Fernando G. Guerrero

Fernando G. Guerrero

President of SolidQ, Non-Executive Director, Digital & Data Strategist, crazy about technology, NBA, movies and music of all kinds. Tom Peters' fan since 1982


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