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Estaba buscando algo por Internet, cuando me encontré con una vieja noticia, del año 2006, pero completamente nueva para mí: El ingeniero cartográfico Manuel Chueca ingresa en la Real Acadèmia de Cultura Valenciana (http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20061024/cultura/ingeniero-cartografico-manuel-chueca_20061024.html)
Mucho de lo que soy, mucho de mis principios vitales, de mi ética de trabajo y social, se debe a este gran ser humano. Aunque fui formalmente alumno suyo durante un curso académico, tuve el privilegio de trabajar en su departamento durante 6 años, durante los cuales aprendí lo que está y lo que no está escrito.
En tiempos en los que, quizá debido a mi juventud e impaciencia por volar independientemente, no encontraba el camino adecuado, en una encrucijada de caminos muy importante para mí, me ofreció una oportunidad que cambiaría mi vida para siempre.
Este hombre de inmensa cultura, y de asombrosa capacidad didáctica, ha sido un luchador imparable durante toda su vida. Con una inspiradora capacidad para fijarse objetivos imposibles, y lograrlos ante el asombro de todos.
Pero lo que más valoro en él es su capacidad para inyectar capacidad de superación en la gente que le rodea. Donde uno se ve impartiendo rutinariamente clases de prácticas, el veía un aclamado catedrático. Al que se ve ingeniero, él le ve como Doctor. Donde hay un par de despachos con unos pocos aparatos topográficos, el veía una Escuela de Ingeniería Cartográfica. Y el caso es que en la mayoría de estos casos, acertó de pleno.
No es fácil propagar ese espíritu de superación entre gente muy heterogénea, y menos aún en empleados de un organismo público, con tendencia a sentirse funcionarios, sin más ilusión que esperar tranquilamente la jubilación. Sin embargo, siempre supo involucrar a todos en una dinámica más propia de una empresa privada que la de un organismo público.
Por otro lado, siempre supo estar detrás de su gente, apoyándola sin excusas, dándoles la mano en los momentos malos, y sirviendo como parapeto de defensa ante ataques externos.
Con él aprendí a detectar talento temprano en la gente que me rodea, a confiar en sus criterios, a defenderles sin reservas, a ayudarles a descubrir su potencial futuro. Con él aprendí a fijarme metas difíciles, a creer en ellas y hacer todo lo posible por conseguirlas. Con él aprendí que nadie regala nada, y que hay que trabajar muy duro para conseguir lo que quieres.
Él creyó en mí cuando nadie más creía, soportó y sufrió mis errores, y me apoyó en la adversidad.
Ahora me llena de orgullo el ver que le han honrado con esta nueva distinción. Espero que podamos disfrutar muchos años de su lúcida mente y de su inmenso valor humano.
