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Seminario en Fundesem

Desde hace unos meses, estoy siguiendo el Curso de Alta Dirección Empresarial (parte del Executive MBA) en Fundesem, la escuela de negocios de más solera en Alicante (España). Estoy escribiendo este blog tras haber cumplido mis 54 años hace un  par de semanas. Supongo que seguiré estudiando y aprendiendo mientras mi corazón siga latiendo.

En estos tiempos, empleo en este curso la mayoría de las tardes de los viernes y las mañanas de los sábados, además de tiempo de estudio y de preparación de trabajos, que tengo que sacar de mi limitado tiempo libre. El caso es que me encanta

Podría hablar del valor de los profesores de este curso, de la relevancia y valor de los temas cubiertos en estos estudios, pero el mayor valor de este curso viene de la interacción con el resto de la clase. Debido a mi agenda de viajes de trabajo, no tengo más remedio que faltar a algunas clases, pero tengo la oportunidad de recuperarlas en Albacete. Como se suele decir, donde hay un problema siempre hay una oportunidad: debido a este problema, tengo la oportunidad de disfrutar aprendiendo de dos equipos distintos de profesionales de gran experiencia y talento, un equipo en Alicante y otro en Albacete.

Conducía de vuelta a casa el viernes pasado y no sé especialmente por qué pero me di cuenta de lo mucho que estoy disfrutando este curso, y qué diferente es de mi experiencia como alumno universitario de finales de los setenta. Esto me llevó  a hacerme una pregunta: ¿por qué la educación universitaria tiene que ser tan distinta a la enseñanza profesional?

Mi historial como alumno ayer y hoy

UPVToro

En el 1976, me matriculé en la Escuela de Ingeniería de Caminos de la Universidad Politécnica de Valencia, con una motivación altísima, tras varios años de trabajar como topógrafo todos los periodos de vacaciones, midiendo caminos rurales y canales de riego en la Vega Baja del Segur y el Bajo Vinalopó. MI padre trabajó como topógrafo toda su extensa vida laboral, y me enseñó trigonometría aplicada y los principios de la topografía cuando yo tenía 11 o 12 años (se ve que mi insistencia al respecto logró vencer la lógica de lo que se debe enseñar a un niño de esa edad). Así que me convertí en un topógrafo a tiempo parcial a mis 14 o 15 años, cosa que disfruté bastante durante mi juventud. Este trabajo me ayudó a contribuir a la economía familiar (toda contribución es bienvenida en una familia de seis hijos), y luego me permitió independizarme y pagar parte de mis años de universidad.

Cuando llegué a la universidad, esperaba aprender un montón sobre los temas que me apasionaban, caminos, canales, tuberías, topografía y demás. Sin embargo, me obligaron a aprender algo “muy importante” para los ingenieros civiles: la ecuación de Schrödinger del segundo electrón del átomo de Helio. No podía imaginar qué valor podría proporcionar este conocimiento a un ingeniero civil. La realidad es que el profesor de Química estaba preparando su tesis doctoral en este tema, y supongo que pensó que si era tan importante para él, debería serlo para sus alumnos. Sin embargo, mi unidad central de memoria interna es suficientemente inteligente como para decidir qué mantener en memoria y qué olvidar, así que el Dr. Schrödinger y sus ecuaciones duermen plácidamente en algún lugar de mi memoria profunda a la que perdí acceso hace mucho tiempo.

Pensé que el segundo curso sería mejor, pero no fue así. Y llegó el tercer curso, y me lo pasé muy ocupado en pasar los exámenes de cálculo tensorial y otros temas científicos con poca aplicación práctica directa, como para pensar en qué pasó con eso de aprender sobre caminos, canales y tuberías. Sin embargo, ese tercer curso tuve la inmensa suerte de conocer a un gran profesor en Topografía y Fotogrametría (el Profesor Manuel Chueca Pazos) y pude ver por primera vez que los profesores universitarios pueden ser relevantes, impartiendo materias con una aplicación clara y directa en la vida real. Algunos años más tarde, tuve el privilegio de trabajar para él, como profesor asociado de su departamento durante seis años.

Entonces, en el cuarto curso, me encontré con un asombroso profesor de Estadística Aplicada a la Ingeniería Civil (el ya fallecido profesor Juan Benet, ex-vicerrector de la UPV, y homónimo del conocido ingeniero y escritor) quien compartió con nosotros sus profundos conocimientos teóricos en la materia, además de su aplicación a casos muy prácticos y reales, y de un modo ameno y entretenido que nos tenía a todos embelesados. Siempre recordaré sus clases. Las generaciones posteriores de ingenieros no saben lo que se han perdido con la muerte de este profesor tan temprano en su carrera.

Recordando esos años con la distancia que me imponen mis canas, puedo entender que la dificultad técnica y científica de las asignaturas de esos años ayudaron a estructurar mi cerebro, y que la absurda dificultad de aquellos exámenes (con tasas de aprobado inferiores en muchos casos al 5%) ayudó de un modo definitivo a mi habilidad para resolver problemas complejos de cualquier tipo. Sin embargo, el coste personal de este esfuerzo fue tremendo. Asistir a esos cursos fue una experiencia innecesariamente dolorosa hasta el punto de que muchos de nosotros recordamos esos tiempos como los peores años de nuestras vidas. Durante esos años, no tenía tiempo más que para estudiar todo el tiempo, fines de semana incluidos, y por desgracia me tocaba decidir a menudo entre ir a clase o quedarme a estudiar, ya que el valor que añadían algunos profesores en clase era claramente cuestionable.

No quisiera ser malinterpretado en estos comentarios. Estoy seguro de que la universidad ha evolucionado mucho desde finales de los 70. Algunos profesores de esos años realmente hacían un trabajo brillante, pero la dificultad desmedida de los criterios de evaluación de muchas de aquellas asignaturas, hacen que muchos de esos profesores brillantes hayan quedado ocultos en mi memoria tras esos exámenes pantagruélicos que poco tenían que ver con las habilidades que tendríamos que mostrar como ingenieros en el futuro.

Qué diferencia con los estudios del CADE de este año. Siempre estoy deseando de que llegue la próxima clase. Me siento permanente inspirado por sus profesores y por mis compañeros de clase. No me pierdo una clase salvo por fuerza mayor, y estoy disfrutando esta formación mucho más que cualquier curso que haya cursado en el pasado.

Seminar delivery at Fundesem Business School

Solemos decir que no hay excusa para ser aburrido en clase (o presentando una sesión en una conferencia). Un profesor aburrido no es capaz de transmitir ningún mensaje, haciendo perder el tiempo de los profesionales que asisten al curso. Del mismo modo, nuestro negocio de formación se basa en proporcionar formación relevante. El tipo de formación que facilita el que los profesionales mejoren sus habilidades y capacidades.

 

No estamos en este negocio simplemente por cumplir.

Estamos en este negocio porque creemos al 100% en su valor a corto y largo plazo, porque tenemos muestras de los resultados, y porque nos encanta y disfrutamos con ello. Espero que esto se note en todas y cada una de nuestras clases, así como en todos y cada uno de los proyectos de consultoría en los que trabajamos.

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